martes, 31 de marzo de 2015

El laberinto, un viaje iniciático.


Laberinto pintura de Karmen Klimon

El laberinto de Abydos , en Egipto, era conocido como «el caracol». De forma circular, en sus pasillos se celebraban las ceremonias iniciáticas de los antiguos Misterios, al igual que sucedía en Newgrange, Irlanda, en cuya entrada se erigía una piedra con el símbolo de la espiral.
Cuando se trata del mundo apasionante de los laberintos es obligado citar a Teseo y al Minotauro . Pero nuestra intención no es recordar este mito, sino más bien dilucidar su posible significado.
Cuando el príncipe Teseo llega a Creta y enamora a Ariadna, hija del rey Minos, obtiene de ella un ovillo para poder penetrar en el Laberinto. En realidad se trata de un huso con hilo que irá desenvolviendo a medida que penetre en su interior. Una vez muerto el Minotauro, y cuando Teseo recoge el hilo enrollándolo de nuevo, lo hace de forma perfectamente circular.
Este huso alargado de Teseo representa las imperfecciones de su ser interior, que necesita desenvolverse y pasar por una serie de pruebas. La esfera que construye al recuperar el hilo simboliza la perfección lograda, una vez que completa ese proceso y sale al exterior. En algunos vasos encontrados en el Ática vemos la figura de Teseo portando un hacha de doble filo que recibe el nombre de Labris y que fue el arma del dios Ares-Dionisos, quien recorrió el primer laberinto.

En el interior del laberinto
El hacha o la espada han sido siempre emblemas de la voluntad . Para abrirnos paso dentro de nuestro propio laberinto es necesario ante todo esta fuerza rectora. El hilo que sirve para encontrar el camino de regreso es la memoria, que nos evitará caer en los mismos errores que en el pasado. En realidad, Ariadna entrega una clave, una solución personal. El Minotauro es la materia, lo físico y mundano que nos atrapa como una cárcel, igual que a Teseo.
Cuando se comprenden los símbolos del mito, también se adquiere el conocimiento de cómo hallar la salida al exterior desde el corazón del laberinto. Entonces nuestro Teseo interior puede despertar, destruir al Minotauro y conseguir así la libertad.

El laberinto es, esencialmente, un cruce de senderos que se mezclan en un espacio lo más reducido posible para retardar el acceso al centro que se desea alcanzar . Se trata de un viaje iniciático, sólo permitido a los elegidos. En ese sentido, este simbolismo tiene íntima relación con el mandala que suele presentarse con aspecto laberíntico y posee las mismas propiedades.
Estamos ante el sentido último de la aventura del Yo que, una vez alcanzado el objetivo, pasa de las tinieblas a la luz y de la ignorancia al conocimiento. En este sentido, el símbolo representa la victoria de lo espiritual sobre lo material, de la inteligencia sobre el instinto y de lo eterno sobre lo perecedero.

Tal vez los laberintos más conocidos, sean los que realizaron en las catedrales góticas francesas -durante los siglos XII y XIII- los maestros constructores pertenecientes a gremios herméticos, como los llamados «Hijos de Salomón» , sobre quienes planeaba la sombra alargada de la Orden del Temple.
Poitiers, Amiens, Arras, Reims, Bayeaux, Mirepoix, Saint-Omer, Toulouse y Saint-Quentin, entre otras, poseen laberintos octogonales, cuadrados o redondos, como en el caso de la catedral de Chartres , una de las más conocidas, cuyo laberinto está basado en la geometría del círculo.

Precisamente, estas formas reproducidas en el pavimento de las catedrales eran conocidos en la Edad Media con el nombre de «Camino de Jerusalén» . Pero no se trataba de evocar la imagen de la ciudad histórica, sino de la «Jerusalén Celeste».
Los secretos del rey Salomón
Este recorrido iniciático formaría parte de uno de los muchos secretos que se atribuyen al rey Salomón y, en consecuencia, dichas representaciones tan recurrentes en las catedrales europeas recibieron el nombre de «Laberintos de Salomón» .
El centro de éstos es un punto arquetípico en el cual reside el Principio Supremo que es necesario buscar. Dicho punto se encuentra en el espacio sagrado y ordenado del templo. Constituye el lugar secreto y oculto al profano al cual sólo se puede acceder atravesando el mítico laberinto que va del atrio al altar, de la periferia al centro del templo, en un periplo que evoca al del psiquismo humano durante el proceso iniciático de búsqueda.

La idea de viaje o «navegación», está incluida en el lugar del edificio que se atraviesa y que, significativamente, se denomina «la nave» , orientada generalmente de Este a Oeste, en correspondencia estricta con el recorrido que realiza el sol desde el alba al poniente. Al mismo tiempo, resume también la ruta de peregrinación a Tierra Santa, convirtiéndose en una geografía sagrada en cuyo centro reside el Espíritu.

Todos, sin excepción, poseemos ese hilo de Ariadna que nos permite recorrer nuestro propio laberinto y destruir al Minotauro, que impide alcanzar niveles superiores de conciencia. Espirales y laberintos son el testimonio de ese parpadeo cósmico que es el hombre y de su esfuerzo espiritual para trascender su condición y eternizarse.
Santiago Camacho


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